martes

el helado se derrite (y no me importa)

Ya es la tercera o cuarta vez en la semana que hago el mismo recorrido para llegar a la avenida, más allá de que es la única manera para no perderme y dislocar los espejos de los autos y que el conductor me trate de imbécil incapaz de manejar una bicicleta.
Me es agradable pasar por ahí, porque te compromete y me compromete, y acudo a los recuerdos, a cuando los ojos te brillaban y parecía que te iban a explotar y nunca más ibas a volver a ver. Porque es de noche y la luz de tu casa está encendida y puedo imaginarme que estás haciendo, en patas, paseando con tus ojos chinitos y tus pelos despeinados como si siempre estuvieras durmiendo, en una cama enorme llena de almohadones blancos dispersos por todas tus extremidades, sonriendo, con tus colmillos tan blancos como la sal, asomándose entre los labios y la lengua. Así te vi la última vez, mientras mi espalda sudaba del calor que hacia y el helado se derretía en la canasta.

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